la novela que no escribí, la estoy escribiendo. no digo con la vida, que es una petulancia que no me luce, digo con la escritura, que es como decir lo mismo. esa novela del hoy, de la nada, de los buses y de soporte intangible en tanto electrónico, de dibujos empeñados en contar historias, esa novela de barroco postmoderno, esa majadería es, a su modo, esta majadería, esta necedad de las palabras, este exhibicionismo, este renegar de todo, esta melancolía.
también este silencio es esa novela. porque de qué manera incluirlo, hacerlo sonar con todo su peso, si no es a través de estas pisadas huecas, de los árboles y sus reverencias, de las cortaduras en mis manos, de esas calles costrosas.
la novela que no escribí nunca la publicaré como tal. serán los herederos de este infortunio, si es que los hay, si es que llevan mis apellidos, quienes tendrán que juntar los pedazos de esta porcelana rota. si son inteligentes y sensibles tal vez dirán: qué bella tristeza. y llorarán su naufragio, que es el mío.
viernes 10 de febrero de 2012
miércoles 8 de febrero de 2012
en un bus san josé - san salvador, julio 2010
me encontré un cuaderno cuyas cicatrices delatan lluvia y tiempo. tiene páginas arrancadas que contenían un crucigrama. en medio de hojas vacías, apenas pobladas por manchas, encontré estas líneas:
es que recorrer Centroamérica, herida abierta, con ojos de cansacio y maravilla, inevitablemente es evocarles. como un tonto enamorado, con un suspiro en la boca y kilómetros de nuéganos e historias, mitos y mentiras que una vez nos inventamos; me aflige el espeso dulce del recuerdo. no están ustedes aquí (que es el aquí y ahora en que garabateo dificultosamente estas líneas en un bus en movimiento por las carreteras de la sufrida Honduras), para confirmar conmigo que el parque de bichos marinos, no es prehistórico, pero existe; para intentar reconocer en los confines mismos de Chococaneiro, los escenarios de nuestro propio teatro; como no estarán aquí, en el otro aquí de la cercanía, donde el abrazo que me adeudan estuviera a la mano y cuanto menos escucharan mis historias.
es cierto, hemos envejecido: las niñas de pelo descolorido por la desnutrición que gritaban "miga, miga, una foto" y palmoteaban la buseta como queriendo hacerla pedazos ya tienen un comienzo de tetas bajo las camisitas ajadas. sin embargo ahí están. y yo aquí estoy, no sólo viajando por Centroamérica, mirando techos entejados, pueblos, ríos, que antes eran propiedad exclusiva de nuestras arrevesadas memorias. yo sigo cargando de letras y paisajes mi mochila, pero también sigo ahí donde me dejaron, igual de flaco, igual de loco, descascarando cervezas, fumando en la calle con la pinta de un piedrero bien vestido, haciendo radio y queriendo querer a una muchacha, exactamente igual que cuando entonces, con algo más de éxito, de depurada técnica en algunos rubros, pero igual por lo demás.
estoy recorriendo Centroamérica y la ausencia de ustedes se me tira a la cara, me rasguña. ustedes como yo sabemos bien que no sólo es esta ausencia inmediata. no sólo es que no están haciendo este viaje conmigo sino que desde hace rato no están haciendo este viaje conmigo. este otro viaje, el que importa, en el que los añoro siempre como un tonto enamorado que recuerda ese noviazgo múltiple simultáneo que nos duró dos años, poco menos. y lo recuerdo así, como un tango ridículo, como un por qué te fuiste, un despecho adolescente o una canción de juan gabriel.
en eso estoy, ahora, porque estoy recorriendo Centroamérica y me hacen falta en puta.
lo nuestro duró
lo que duran dos peces de hielo
en un whisky on the rocks
es cierto, hemos envejecido: las niñas de pelo descolorido por la desnutrición que gritaban "miga, miga, una foto" y palmoteaban la buseta como queriendo hacerla pedazos ya tienen un comienzo de tetas bajo las camisitas ajadas. sin embargo ahí están. y yo aquí estoy, no sólo viajando por Centroamérica, mirando techos entejados, pueblos, ríos, que antes eran propiedad exclusiva de nuestras arrevesadas memorias. yo sigo cargando de letras y paisajes mi mochila, pero también sigo ahí donde me dejaron, igual de flaco, igual de loco, descascarando cervezas, fumando en la calle con la pinta de un piedrero bien vestido, haciendo radio y queriendo querer a una muchacha, exactamente igual que cuando entonces, con algo más de éxito, de depurada técnica en algunos rubros, pero igual por lo demás.
estoy recorriendo Centroamérica y la ausencia de ustedes se me tira a la cara, me rasguña. ustedes como yo sabemos bien que no sólo es esta ausencia inmediata. no sólo es que no están haciendo este viaje conmigo sino que desde hace rato no están haciendo este viaje conmigo. este otro viaje, el que importa, en el que los añoro siempre como un tonto enamorado que recuerda ese noviazgo múltiple simultáneo que nos duró dos años, poco menos. y lo recuerdo así, como un tango ridículo, como un por qué te fuiste, un despecho adolescente o una canción de juan gabriel.
en eso estoy, ahora, porque estoy recorriendo Centroamérica y me hacen falta en puta.
domingo 5 de febrero de 2012
san josé - la habana
aquí no se sabe si el tiempo se ha detenido o si la sal es el dulzor de la pesadillas. no se sabe si los fantasmas atienden el teléfono, o si al doblar una esquina, bordearla como la única cintura posible de esta ciudad entristecida, nos abofeteará el viento los recuerdos solemnes, las migas de pan de nuestro último rastro, el eco de antiguas carcajadas. aquí las sombras persisten, no sólo en su tibio susurro de siempre, sino también en conjurar canciones construidas con palabras indecibles. igual se nos parte el cuerpo, se nos desgaja de horror y de ausencia, se nos nubla la vista, se nos atraviesan las piedras en el camino de la confusión y del tropiezo, en fin, se nos viene encima con todo el peso de su inmundicia este fardo de cansancio que es la existencia. igual laten los nombres, en este rincón marchito donde no se sabe nada.
domingo 22 de enero de 2012
la sobrevida
el mundo es un poco más absurdo y bastante más hostil desde que andrea no está, desde que tiene esa forma tan etérea de seguir estando en la respiración de las cortinas, en el frío de las manos propias y ajenas, en este cuaderno deshojado y marchito que es mi memoria. en los ojos con los que alumbro mis días no me cabe el asombro como no me cabe en el llanto tanta tristeza. como no me cabe en la muerte, ese silencio, tanta bulla, tanta algarabía. tal vez por eso no entiendo las ventanas ni las letras que comunican ni este paisaje de autómotas sobre asfalto. tal vez por eso escribo estas palabras: para nutrir el absurdo, para que las palabras que no me caben en la boca se me desborden. o simplemente porque a ella le gustaba que yo escribiera. tal vez porque aprendí de su voz a gozar de las palabras de sonoridades bonitas, como astrolabios, y a sonreírle a la vida con odio y lascivia. o quizás más bien escribo esto porque sé que más acá de mis ojos, de los suyos, de los tuyos y de los nuestros, están los de ella mirando cuánto la seguimos queriendo y cuánta confusión nos causa esta sobrevida.
viernes 13 de enero de 2012
tres postales para andrea
*
si estos versos no caben en tu boca,
el tiempo es un poema sin sepulcro,
hoy es el mismo día de siempre;
tu boca carcomida de silencio.
pero si el viento sopla de repente,
si el péndulo de sal surge en su brillo,
si tañe tras el tímpano un rubor,
no hay desolación ni hay infinito.
el cielo va poblándose de nubes
con formas insufladas de delirio,
cuál como un velero náufrago,
cuál como una nota eléctrica de jazz.
y flotan en el humo los suspiros.
* *
El secreto del último árbol
Es blanco, como si lo hubiera parido la luna. Está en un rincón de esta herida, sobre tierra del olvido. Podría decirse que habita la noche de esta ciudad, esa región de delirio y silencio, de sombras. Su edad antecede a la memoria, es la señal viviente de lo eterno; la entrada al paraíso es su raíz. Y a su vera yacen trozos mutilados de prodigio, los brazos de ese abrazo, las gotas de esa lluvia, el llanto de sí. Su paciencia es el frío; es el rey de los árboles del valle, es el vestigio de una galaxia mejor.
Es un árbol cansado, que lo ha visto todo, que sabe de muerte, que con los labios y el pelo llenos de rocío se pregunta: ¿este brote, para qué va a venir?
* * *
¿y yo adónde me meto?
¿dónde pongo la vida?
¿qué hago con esta sangre,
qué hago con esta herida?
si estos versos no caben en tu boca,
el tiempo es un poema sin sepulcro,
hoy es el mismo día de siempre;
tu boca carcomida de silencio.
pero si el viento sopla de repente,
si el péndulo de sal surge en su brillo,
si tañe tras el tímpano un rubor,
no hay desolación ni hay infinito.
el cielo va poblándose de nubes
con formas insufladas de delirio,
cuál como un velero náufrago,
cuál como una nota eléctrica de jazz.
y flotan en el humo los suspiros.
* *
El secreto del último árbol
Es blanco, como si lo hubiera parido la luna. Está en un rincón de esta herida, sobre tierra del olvido. Podría decirse que habita la noche de esta ciudad, esa región de delirio y silencio, de sombras. Su edad antecede a la memoria, es la señal viviente de lo eterno; la entrada al paraíso es su raíz. Y a su vera yacen trozos mutilados de prodigio, los brazos de ese abrazo, las gotas de esa lluvia, el llanto de sí. Su paciencia es el frío; es el rey de los árboles del valle, es el vestigio de una galaxia mejor.
Es un árbol cansado, que lo ha visto todo, que sabe de muerte, que con los labios y el pelo llenos de rocío se pregunta: ¿este brote, para qué va a venir?
* * *
¿y yo adónde me meto?
¿dónde pongo la vida?
¿qué hago con esta sangre,
qué hago con esta herida?
miércoles 4 de enero de 2012
Libros
Antes que hacer una lista con los libros que leí durante el año, prefiero el tono compa, más cercano -espero-, con el que les comente mis favoritos. Básicamente porque me da la gana, porque me gusta hablar de libros, porque me gusta compartir mis placeres. Para evitar cualquier atisbo de filología, antes que un análisis estas serán impresiones y gustos.
Leí Pobrecito poeta que era yo y me pareció que Roque en verdad era novelista. Ahí está su humor, que es su mayor virtud, ahí están sus juegos mejor logrados que en su poesía.
Paradiso es una sabrosera, eso es lo que es. Creo que es el mayor acontecimiento de la literatura en castellano desde Góngara y puede que se vayan a penales. Es brillante en tantos y tan luminosos sentidos que quedaría corto cualquier resumen. A sabiendas digo que las descripciones acerca de la música son tan afortunadamente poéticas que se convierte en placer leerlas, así sean las gárgaras de una cantante. Las referencias a la comida, al paisaje, las potentísimas y distantes disgresiones, de la infancia del protagonista a la de su padre, y bueno, la erudición, que es una cosa impresionante, aún más si está mezclada con goce, si se convierte en adjetivo, en verbo, si es parte misma de la narración, que no deja de arrojar estímulos difícil de captar en su totalidad pero imposible de pasarlos sin advertirlos, sin empantanarse en ellos. Uf, qué cosa grande es Paradiso.
De este tamaño, quizás, Los Cantos de Maldoror, el delirio hecho literatura. No leí más que los dos primeros cantos, pero es como esas drogas de cantidad dofisifcada, que hay que espaciar en el tiempo. Me cuesta decir cualquier cosa, señalar un punto, un pasaje. Quizá baste decir que es un texto en el que aparecen unos perros con sed de infinito, como tú y como yo.
En El tigre, de Flavio Herrara, como en los primeros pasajes de Mascaró el cazador americano, el entorno, la selva aquí, como allá el mar, son una avalancha volcada hacia los sentidos, tan bien dicho, tan maravillosamente bien contado que a veces leo un pasaje de esos y me masturbo el cerebro. En el primero, sin embargo, está esa necedad de la idea, de hacer de la literatura un panfleto, y eso me aburre. En Mascaró, aunque hay de eso, el relato es tan alegremente disparatado que importa poco.
En El árbol de los pañuelos, hay una magia indecible que se respira todavía en ciertos pueblos resistentes a la televisión, pero más, mucho más, no en vano es el relato entresacado en los relativos momentos de lucidez del protagonista. Es una novela de Julio Escoto, hondureño.
Y bueno, leí otras cosas, como el Libro de Manuel, de Cortázar; Mientras agonizo, de Faulkner; La filosofía en el tocador, de Sade, que soboreamos mucho aquella noche en Villas, cuando intercalábamos los diálogos con un libro de "orientación" para adolescentes.
Recomiendo.
Leí Pobrecito poeta que era yo y me pareció que Roque en verdad era novelista. Ahí está su humor, que es su mayor virtud, ahí están sus juegos mejor logrados que en su poesía.
Paradiso es una sabrosera, eso es lo que es. Creo que es el mayor acontecimiento de la literatura en castellano desde Góngara y puede que se vayan a penales. Es brillante en tantos y tan luminosos sentidos que quedaría corto cualquier resumen. A sabiendas digo que las descripciones acerca de la música son tan afortunadamente poéticas que se convierte en placer leerlas, así sean las gárgaras de una cantante. Las referencias a la comida, al paisaje, las potentísimas y distantes disgresiones, de la infancia del protagonista a la de su padre, y bueno, la erudición, que es una cosa impresionante, aún más si está mezclada con goce, si se convierte en adjetivo, en verbo, si es parte misma de la narración, que no deja de arrojar estímulos difícil de captar en su totalidad pero imposible de pasarlos sin advertirlos, sin empantanarse en ellos. Uf, qué cosa grande es Paradiso.
De este tamaño, quizás, Los Cantos de Maldoror, el delirio hecho literatura. No leí más que los dos primeros cantos, pero es como esas drogas de cantidad dofisifcada, que hay que espaciar en el tiempo. Me cuesta decir cualquier cosa, señalar un punto, un pasaje. Quizá baste decir que es un texto en el que aparecen unos perros con sed de infinito, como tú y como yo.
En El tigre, de Flavio Herrara, como en los primeros pasajes de Mascaró el cazador americano, el entorno, la selva aquí, como allá el mar, son una avalancha volcada hacia los sentidos, tan bien dicho, tan maravillosamente bien contado que a veces leo un pasaje de esos y me masturbo el cerebro. En el primero, sin embargo, está esa necedad de la idea, de hacer de la literatura un panfleto, y eso me aburre. En Mascaró, aunque hay de eso, el relato es tan alegremente disparatado que importa poco.
En El árbol de los pañuelos, hay una magia indecible que se respira todavía en ciertos pueblos resistentes a la televisión, pero más, mucho más, no en vano es el relato entresacado en los relativos momentos de lucidez del protagonista. Es una novela de Julio Escoto, hondureño.
Y bueno, leí otras cosas, como el Libro de Manuel, de Cortázar; Mientras agonizo, de Faulkner; La filosofía en el tocador, de Sade, que soboreamos mucho aquella noche en Villas, cuando intercalábamos los diálogos con un libro de "orientación" para adolescentes.
Recomiendo.
domingo 18 de diciembre de 2011
once
si un día nos levantamos ojerosos
será de vida será de llanto
será de expandir el cuerpo por los rincones
si un día despierto a su ausencia
como sigo haciendo hasta ahora
destilaré el amargor de la ternura
como un poema infecundo
como un papalote de fuego
salpicando de lágrimas el cielo
este barro gris que es la memoria
si mañana es miércoles de ceniza
mis labios serán un coágulo de humo
sin el sombrero soy un pararrayos
será de vida será de llanto
será de expandir el cuerpo por los rincones
si un día despierto a su ausencia
como sigo haciendo hasta ahora
destilaré el amargor de la ternura
como un poema infecundo
como un papalote de fuego
salpicando de lágrimas el cielo
este barro gris que es la memoria
si mañana es miércoles de ceniza
mis labios serán un coágulo de humo
sin el sombrero soy un pararrayos
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