miércoles 4 de enero de 2012

Libros

Antes que hacer una lista con los libros que leí durante el año, prefiero el tono compa, más cercano -espero-, con el que les comente mis favoritos. Básicamente porque me da la gana, porque me gusta hablar de libros, porque me gusta compartir mis placeres. Para evitar cualquier atisbo de filología, antes que un análisis estas serán impresiones y gustos.

Leí Pobrecito poeta que era yo y me pareció que Roque en verdad era novelista. Ahí está su humor, que es su mayor virtud, ahí están sus juegos mejor logrados que en su poesía.


Paradiso es una sabrosera, eso es lo que es. Creo que es el mayor acontecimiento de la literatura en castellano desde Góngara y puede que se vayan a penales. Es brillante en tantos y tan luminosos sentidos que quedaría corto cualquier resumen. A sabiendas digo que las descripciones acerca de la música son tan afortunadamente poéticas que se convierte en placer leerlas, así sean las gárgaras de una cantante. Las referencias a la comida, al paisaje, las potentísimas y distantes disgresiones, de la infancia del protagonista a la de su padre, y bueno, la erudición, que es una cosa impresionante, aún más si está mezclada con goce, si se convierte en adjetivo, en verbo, si es parte misma de la narración, que no deja de arrojar estímulos difícil de captar en su totalidad pero imposible de pasarlos sin advertirlos, sin empantanarse en ellos. Uf, qué cosa grande es Paradiso.

De este tamaño, quizás, Los Cantos de Maldoror, el delirio hecho literatura. No leí más que los dos primeros cantos, pero es como esas drogas de cantidad dofisifcada, que hay que espaciar en el tiempo. Me cuesta decir cualquier cosa, señalar un punto, un pasaje. Quizá baste decir que es un texto en el que aparecen unos perros con sed de infinito, como tú y como yo.

En El tigre, de Flavio Herrara, como en los primeros pasajes de Mascaró el cazador americano, el entorno, la selva aquí, como allá el mar, son una avalancha volcada hacia los sentidos, tan bien dicho, tan maravillosamente bien contado que a veces leo un pasaje de esos y me masturbo el cerebro. En el primero, sin embargo, está esa necedad de la idea, de hacer de la literatura un panfleto, y eso me aburre. En Mascaró, aunque hay de eso, el relato es tan alegremente disparatado que importa poco.

En El árbol de los pañuelos, hay una magia indecible que se respira todavía en ciertos pueblos resistentes a la televisión, pero más, mucho más, no en vano es el relato entresacado en los relativos momentos de lucidez del protagonista. Es una novela de Julio Escoto, hondureño.

Y bueno, leí otras cosas, como el Libro de Manuel, de Cortázar; Mientras agonizo, de Faulkner; La filosofía en el tocador, de Sade, que soboreamos mucho aquella noche en Villas, cuando intercalábamos los diálogos con un libro de "orientación" para adolescentes.

Recomiendo.

1 comentarios:

  1. Lezama era un erudito, como pocos, con gracia. Quiero señalar el tratamiento del diálogo en la novela; por ejemplo, se pasa de la homosexualidad a la pintura, a la música, a la vida del personaje para volver de nuevo al tema de la homosexualidad. Todo esto sin que te dés cuenta, como si fuera un solo tema, como si fuera una conversación vertiginosa, es decir, real, viva.
    Y de Los cantos de Maldoror, precisamente hoy, (esas coincidencias que siempre se dan) estuve releyendo algunos pasajes. Pero no puedo comentar nada. ¿De qué putas se trata?

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